CIUDAD DE NADIE (Adscendo Stories 01)

-¡Bienvenido viajero! En este momento está entrando en Ciudad Adscendo. Tenga en cuenta las siguientes recomendaciones de seguridad para que su estadía sea…

Apreté rápidamente la tecla izquierda del panel para quitar el video de la amable chica de cabello negro y traje azul marino que le da la bienvenida a todos los forasteros que tienen la oportunidad (o más bien, el atrevimiento) de entrar a la ciudad. Tenía memorizado cada palabra y consejo que daba el video ya que, en los últimos 30 días, durante mis trámites de traslado, tuve que entrar por este mismo camino a la urbe.

También sabía que este video era una mera formalidad, un libreto escrito por alguien que no conocía que sucedía en las fronteras externas de la ciudad. Todos los movimientos del mercado negro. Las desapariciones, las peleas, los asesinatos, los saqueos, entre otras cosas. En este lugar la verdadera ley era la supervivencia del más astuto, porque inclusive los más fuertes podían caer.

Un guardia distraído, vestido con una capa plástica negra que le cubría el cuerpo hasta las rodillas, inspeccionaba perezosamente mi documentación mientras una leve llovizna caía alrededor. Me pregunté donde viviría este sujeto, ya que alcanzar el límite de la ciudad era de por si un acto muy atrevido y vivir cerca a esta zona requería un nivel de malicia el cual este hombre carecía evidentemente.

La noche brillaba con las luces de las pantallas publicitarias, los anuncios y los letreros de colores neón que están repartidos detrás de las murallas de cemento que separaban a los límites del lugar con algunas pocas fincas en ruinas que había en las cercanías.

Y aunque pareciese pacifica desde aquí, detrás de la muralla sabía que me encontraría un murmullo que iría aumentando de volumen con cada cuadra que atravesase.

El sonido de una ciudad en anarquía, que estaba en constante enfrentamiento y cuyos habitantes parecían tomar turnos para hacer de las suyas.

Muchos no sabrían decir si estos muros que veía en este momento eran para impedir que lo de afuera entrase, o para contener el mal que había adentro.

-Todo parece estar en orden, teniente Samuels –dice finalmente el guarda después de inspeccionar el único maletín que me acompañaba. –Es vital que comprenda las siguientes instrucciones. No se detenga en los barrios aledaños al límite, no baje del metro en estaciones diferentes a la asignada, escape en caso de que alguien se acerque a usted y en caso de una redada, manténgase en el piso.

Le di las gracias al guarda, me puse el maletín al hombro y, una vez que abrió el portón de metal, entre en el túnel que me llevaría hasta el metro.

Unos 30 metros después, acomodado desde la vieja silla plástica de un vagón derruido, comencé a ver los edificios del centro urbano a la distancia. Rodeados por casas y bodegas industriales que estaban levemente sumidos en la oscuridad, alumbrados tímidamente con farolas amarillas y las vibrantes luces de colores de los letreros.

Estaba oficialmente en el territorio de la ciudad Adscendo.

Miré por encima de mi hombro y detalle mi entorno. Había, aparte de mí, media docena de personas que estaban distribuidas por todo el espacio. Algunos de pie, otros sentados. Todos con una expresión de sopor producto de un día largo de trabajo.

Aunque esta ciudad estaba sumergida en una extraña guerra civil, había otras personas que intentaban sobrevivir y llevar sus existencias con cierta normalidad. La suficiente que podía dar el caos diario.

Aproveche la falta de ojos curiosos para sacar el expediente que me habían entregado hace un par de días y que estudiaba cuidadosamente. En esta carpeta estaban los últimos detalles que debía conocer antes de comenzar mis labores en el departamento de fuerzas especiales la ciudad.

Apenas la abrí, encontré un mapa actualizado de las zonas que debía inspeccionar. Una lista de nombres de personas clave que podrían darme pistas para infiltrarme en el bajo mundo de las calles, una serie de fotografías de algunos sospechosos y un bolígrafo grueso que en su interior contenía un pendrive, en caso que tuviese que extraer información de algún computador.

Todos los documentos apuntaban a una sola persona, El Vigilante. Esta enigmática figura parecía ser el autor de la guerra que acontecía en las calles de la ciudad Adscendo.

Todo comenzó con algunas protestas. Los trabajadores, explotados por los empresarios avaros que progresivamente les retiraban sus beneficios para aumentar sus horas de trabajo y degenerar su calidad de vida, cesaron sus actividades hasta que las condiciones fuesen mejores para ellos. Esto generó que las personas en el poder iniciaran toda clase de acciones brutales de represión, las cuales llevaron a desmanes y después, condujeron a destrozos y saqueos.

Eventualmente una pequeña guerra civil estalló donde los más adinerados comenzaron a alienar parte de la población contra sus propios amigos y vecinos. Sujetos que consideraban amenazaban con destruir sus intereses fueron blanco de la violencia que había brotado en las calles.

Es en este punto donde la figura del El Vigilante aparece.

Según los informes, este sujeto es una misteriosa figura que contribuyo a armar a los trabajadores y menos favorecidos. Si los poderosos querían pisarlos, ellos devolverían el golpe con más fuerza.

Esta situación era una cuestión de dignidad. Las personas no se irían de la ciudad que los vio nacer y crecer. Se quedarían para luchar y hacerla un lugar mejor.

Desde armas, a locaciones secretas para llevar a cabo todo tipo de crímenes, e incluso recursos para ataques contra los empresarios y políticos de la ciudad, todos los hilos conducían a este hombre y sus influencias. Era un pulpo, una sombra. Abarcaba todo y nada al mismo tiempo.

A pesar de esto, nadie sabía nada de él. No había fotografías, nombres, información ni indicadores. El Vigilante se había asegurado de quedar en las sombras de la llama que consumía a la ciudad.

Continúe leyendo cuidadosamente los reportes cuando el metro paró de repente en una estación. Llevaba mentalmente la cuenta de cuantas paradas me separaban de mi destino, así que solo alce la mirada para comprobar que nadie estuviese fisgoneando los papeles que tenía entre mis manos.

Al fondo, detrás de mí, escuche el sonido rápido de pisadas. Alguien corría hacia el vagón.

Cerré la carpeta de golpe y miré hacia atrás. Vi a un joven, de tal vez no más de 15 años, vestido con una sudadera y jeans negros, corriendo hacia el metro.

Detrás de él venía un grupo de 5 hombres que corrían a toda velocidad. Sin embargo, no podían competir con las piernas largas del muchacho que adquiría más rapidez con cada zancada que daba.

Justo en el momento en el que subió, las puertas se cerraron violentamente detrás de él. El metro retomo el trayecto con rapidez y mientras los hombres veían el vagón alejarse desde el andén, el joven les dedicaba un gesto grosero con ambas manos.

Los demás pasajeros apenas repararon en el muchacho y continuaron absortos en el viaje.

Por mi parte, preferí guardar el expediente con cuidado e imitar a las demás personas que viajaban conmigo. Si quería pasar desapercibido, debía desde este momento mezclarme con la multitud.

El joven se desplazó hacia la parte de la delantera del vagón. Una vez se sentó, escaneo a las personas y en cuanto me vio a mí, me reparo por suficiente tiempo. Una mirada difícil de adivinar cruzo por su rostro durante un momento, para después desaparecer cuando el muchacho puso su atención en su móvil.

*

15 minutos después llegue a mi parada. El metro frenó nuevamente en seco y abrió las puertas para que los pasajeros bajasen rápidamente.

El muchacho que se había subido 8 estaciones atrás se puso de pie y se apuró para bajar con los demás. Ambos nos mezclamos con la multitud que se agrupaba en la plataforma.

En cuanto detalle que el muchacho me volvía a mirar con curiosidad, intente apartarme lo más pronto posible poniéndome en el centro del grupo de personas que se dirigía hacia el fondo del lugar. Me sentía alerta y me habían dado instrucciones de huir de miradas curiosas de cualquier persona que pudiese tener cerca.

A medio camino de llegar a los elevadores que me sacarían de la plataforma, Note que de uno de los túneles que conectaba a el recinto con una calle subterránea, salían de forma ordenada un grupo de militares.

Una redada.

Las personas se revolvieron nerviosas ante la presencia de los agentes. En esta ciudad las fuerzas de control no eran aliados ni pacifistas, sino una extensión de los hombres al poder que buscaban suprimir a las personas del común. No era extraño que abusaran de su autoridad.

Miré nerviosamente sobre mi hombro y descubrí que el joven no se había inmutado por la presencia de los militares. Seguía con sus ojos posados en mí y con una expresión que había cambiado a un ceño fruncido y la boca apretada.

Comencé a examinar mis pasos. Si el muchacho me había descubierto, debería saber que me había puesto en evidencia.

Al fondo, una de las puertas de los grandes ascensores de metal se abrió. Estas estructuras eran jaulas viejas de color verde, jaladas por gruesas cadenas que apestaban a oxido el recinto.

Al mismo tiempo que las personas comenzaron a entrar, algunos de los militares entraron también. Aproveché esto para subir con ellos e intentar perder al muchacho.

Desafortunadamente, el chico volvió a entrar justo cuando la puerta se cerró con un sonoro golpe tras de él.

Empecé a calcular mi siguiente movimiento. Qué camino tomar en cuanto bajase, donde esconderme si fuese necesario y en ultimas, repase mentalmente mis lecciones de defensa personal en caso de que tuviera que neutralizarlo.

En cuanto la jaula subió a nivel de la calle, se detuvo con un traqueteo. Espere a que las puertas se abrieran, pero nada pasó. Los segundos comenzaron a avanzar y las personas se pusieron cada vez más incomodas.

Algo no iba bien.

Alrededor, los edificios y calles estaban solos. A excepción de un par de automóviles que pasaban rápidamente, no había señal de que algo estuviese ocurriendo.

De repente, las luces de la calle y del ascensor se apagaron. Estábamos sumergidos en una oscuridad inusual. En esta ciudad, eso era una señal de peligro.

A la distancia se comenzaron a escuchar gritos, pisadas y cantos que iban aumentando. Una muchedumbre se acercaba al lugar.

Los militares apenas y se miraban entre sí. No hacían ningún esfuerzo por calmar a las personas en el ascensor que comenzaban a inquietarse y a moverse, intentando hacer que el aparato abriese sus puertas rápidamente. Pude oír que alguien oprimía rápida y repetidamente el botón para abrir la puerta.

– ¡Ahí están! –Grito alguien entre la multitud que comenzaba a aparecer a la distancia, en una calle aledaña.

En respuesta a esto, algunos rieron y otros gruñeron. Eran una turba de personas ansiosas.

En mi mente todo cobró sentido con velocidad. La redada había surgido por esta turba. Los militares intentaban proteger el metro y ahora estaban atrapados en el ascensor con nosotros.

La situación se volvería peligrosa en cualquier momento. Un disparo nervioso iniciaría el infierno.

Las personas adentro del ascensor comenzaron a gritar. Algunos intentaban forzar las puertas con más fuerza, las cuales seguían fuertemente cerradas. Otros pedían que no disparasen. Algunas mujeres comenzaron a llorar nerviosamente. Los ánimos se fueron calentando con el paso de los segundos.

Yo sentía el corazón en los oídos. Me repetía sin parar las instrucciones que me habían dado en la escuela de las fuerzas especiales, pero como siempre, la realidad era algo que nunca estaba en ningún manual.

Un golpe fuerte se sintió en el techo de la jaula. Inmediatamente se escuchó, los militares alzaron sus rifles de asalto y apuntaron en todas direcciones, gritándose ordenes entre sí.

Adentro las personas se agacharon mientras que los que estaban afuera comenzaron a arrojar piedras y palos hacia el ascensor.

El caos termino por apoderarse de la situación en cuanto algunas personas pudieron forzar las puertas de la jaula y abrirlas lo suficiente para que todos pudiesen salir.

Los civiles se amontonaron al lado de la hendidura y comenzaron a abandonar el ascensor a tropezones. El joven había desaparecido. Probablemente había sido el primero en salir en cuanto tuvo el espacio suficiente.

Me tranquilizo saber que no debería preocuparme más por él y solo debía escapar de ahí.

En cuanto alcance las puertas, escuche un disparo detrás de mí. Después de eso, los ruidos subieron de volumen y sentía que me quedaba sordo de escuchar los gritos de pánico que sentía a mí alrededor.

No tarde en darme cuenta por qué las personas salían dificultosamente de la jaula. En el piso habían 4 personas tendidas y con marcas de polvo en el rosto.

Los estaban pisando para salir.

Y entre ellos estaba el joven que parecía estar al borde de un desmayo.

Contra todas mis indicaciones y mi instinto, lo tome de la sudadera y lo arrastre conmigo en cuanto pude salir de la jaula. Con un movimiento limpio puse su brazo izquierdo sobre mis hombros y cargué con él, empujando a la muchedumbre histérica que se movía a nuestro alrededor.

El ambiente se llenó de más gritos, golpes metálicos y disparos. Los militares encontraron la manera de salir y ahora hacían tiros de advertencia al aire. Esto solo incitaba que las personas lanzaran más objetos, golpeado a militares y civiles por igual. Estas situaciones eran normales en la ciudad, pero no esperaban encontrarme con algo así en las primeras horas de residencia allí.

Arrastre al chico hacia un callejón que había cerca de nosotros. En cuanto lo puse contra uno de los muros, volvió en sí.

Despertó rápidamente de su sopor y una mirada furiosa se dibujó en su rostro con la misma velocidad con la que recobro su consciencia.

-¡¿Qué hace?! –Grito mientras me empujaba con sus piernas para apartarme.

Tal vez creyese que yo era un ladrón. Prefería eso a que sospechase que era un policía.

-¡Te salvo la vida, hijo de perra! –Le grite con sorna mientras esquivaba sus patadas

La luz comenzó a volver de manera intermitente, iluminando las calles, los edificios y todo lo que pasaba. Esto me dio la oportunidad para mirar hacia el fondo del callejón.

Al otro lado podía verse una salida hacia otra calle y un automóvil parqueado tímidamente a un lado. No tuve que pensarlo dos veces.

En cuanto me puse en marcha hacia el otro lado del callejón, una ráfaga de disparos sonaron detrás de nosotros.

Después un grito de dolor.

Me agaché para ocultarme detrás de un contenedor de basura y entonces vi al joven agarrándose su muslo derecho. Una de las balas le había dado.

Me quité rápidamente el cinturón y se lo ate alrededor del muslo, el cual comenzaba a sangrar.

Nada de esto formaba parte del plan, pero sabía que abandonarlo ahí podría traer más complicaciones que ayudarlo. Me había detallado lo suficiente para identificarme, y si sobrevivía y resultaba ser alguien con contactos poderosos, sería cuestión de tiempo para que me pusiera en una fosa común.

Era mejor jugar a ser el héroe.

-¡Vamos, al auto! –Grite mientras gesticulaba hacia la otra calle. El chico reaccionó al mismo tiempo y se puso rápidamente de píe, mientras gruñía del dolor.

Comenzamos a movernos dificultosamente por el callejón cuando escuché detrás de nosotros algunos gritos y pisadas. Debíamos irnos rápido de ahí si queríamos esquivar todo lo que estaba sucediendo y no morir pisoteados por la gente.

En cuanto llegamos al otro lado, me abalancé sobre el auto. Rompí la ventana del conductor y quité los seguros de las puertas. Aunque la alarma contra robos intentaba sonar con todas sus fuerzas, la batalla que se desarrollaba cerca del lugar ahogaba su ruido.

Puse al muchacho en el asiento de atrás, lance mi maletín en el puesto del pasajero y me puse en el lugar del conductor. Busqué detrás del timón, sobre los pedales, los cables para accionar el auto y salir de ahí.

Después de un largo momento, el motor rugió y apreté el acelerador a fondo. Afortunadamente nadie se había puesto en el camino del auto, porque seguramente habría terminado bajo las llantas.

Por el retrovisor, vi como personas salían despavoridas en todas las direcciones, seguidas por una lluvia de piedras y gases lacrimógenos.

Conduje varias cuadras, escuchando como el alboroto quedaba atrás y la noche, con una inquietante calma, comenzaba a tomar su lugar.

Una vez parecía que habíamos dejado el peligro atrás, el muchacho hablo.

-Gracias. Lo siento, no quería patearlo.

Lo miré por el retrovisor. Estaba sosteniendo fuertemente el cinturón alrededor de su pierna y me miraba de vuelta con dolor en sus ojos. Agradecí que usara ropa negra y no pudiese ver la sangre que debía tener fluyendo de la herida.

-Está bien –respondí tranquilamente. –Fue una locura eso que sucedió.

-Ser ciudadano de Adscendo significa toparse con algo así de vez en cuando –Añadió antes de hacer una pausa y continuar. –Pero usted no es de aquí.

-¿Qué te hace pensar eso? –Replique con la mayor calma que pude ponerle a mis palabras, intentando parecer casi ofendido de que me considerase un forastero.

-Su expresión. Se nota que no lleva años con este estilo de vida. Diariamente intentando sobrevivir y subsistir en una ciudad que se come a sí misma. Tiene pinta que ha dormido bien muchas noches, sin gritos, ni disparos de fondo.

Desplace mi mirada de él hacia mi reflejo en el retrovisor. Considero que aparento los 45 años que tengo encima, y sin embargo, sabía que no estaba tan golpeado por la vida como algunas de las personas que iban en el metro.

Ciudadanos que han vivido bajo este estrés constante y cuyas rutinas comienzan a dejarles profundas arrugas, manchas y ojeras sobre sus pieles pálidas, entre otras marcas.

Pensé en decirle que había venido por un motivo. Sin embargo, ¿Cuál sería ese motivo?

Los que están afuera no quieren entrar, los que están adentro quieren escapar. Nadie vendría a vivir aquí por un familiar, una esposa o un hijo. Buscarían la manera de sacarlos de esta ciudad. Un trabajo en una oficina o una tienda no eran excusa válida para mudarse y con situaciones como la que acababan de suceder, el turismo era inexistente.

-¿Sabe que no confiamos en los que vienen de afuera? –Preguntó ladeando un poco la cabeza, como si fuese un gato vigilando a una pequeña presa, esperando un movimiento en falso.

-Lo sé –Conteste sin darle importancia. –Sin embargo, quiero salir de aquí. No quiero pasar ni un minuto más en estas calles.

-Nadie escapa de Adscendo –Respondió rápidamente el chico con una seguridad pétrea. –Los grupos de las fronteras mantienen todo vigilado. Tal vez alguien como mi padre sepa cómo salir…

El muchacho callo en cuanto se dio cuenta que había hablado de más. La mirada fija que le daba desde el otro lado del auto a través del retrovisor tampoco ayudó para que siguiera con su idea.

-¿A dónde vamos? –Pregunte intentando fingir que no había escuchado nada.

-Lléveme por favor a los muelles del oeste. Más allá de las bodegas de Industrias Asper y Sorrento.

Después de eso el muchacho guardo silencio. Hice lo mismo ya que él ya tenía sus sospechas sobre mí y contar de más solo me traería problemas. Quería dejarlo en su casa y volver al centro urbano, con la fe de que los disturbios hubiesen acabado y que todo esto quedaría rápidamente en el pasado.

Además, estaba el tema de su misterioso padre. Sabía que la mitad de la población de la ciudad tenía alguna clase de negocio turbio. No sé de quien era hijo este muchacho y prefería no establecer más lazos en caso de que fuese alguien peligroso.

Incluyendo que vive en los muelles, lo que es mal indicio.

Sin embargo, las sorpresas continuaron al llegar a allá.

Conduje por la calle que había entre la costa y los edificios de apartamentos de esa zona de la ciudad. Si bien no era un barrio exclusivo, las estructuras tenían buena pinta y las calles estaban lo suficientemente limpias.

Pero sabía que quienes querían tener un bajo perfil estaban aquí. Después de todo, esta era otra frontera de la ciudad.

-¿Puede dejarme en la portería negra? –Dijo el chico inclinándose hacia adelante y señalando a una edificación negra que sobresalía de uno de los edificios.

Hice tal como me lo pidió y parqueé el carro un poco más allá de la portería. No quería que mi rostro quedase fácilmente grabado en las cámaras.

En el momento que el auto se detuvo, desacelero y se apagó. Quedamos ambos en un silencio un tanto incomodo hasta que le pregunté.

-¿Cómo está la herida? ¿Necesitas ayuda?

-Duele como un demonio –dijo después de un gruñido. –Pero alguien más me llevara a urgencias. No se preocupe.

El chico se arrastró en el asiento trasero, abrió la puerta y bajo dificultosamente a la acera. A través de los espejos vi que el vigilante llamaba por teléfono y miraba en nuestra dirección.

Supuse que debería estar llamando a los padres del muchacho. Así que preferí proyectar otra imagen que la de un desconocido sin motivos claros. Me baje del auto y le ayude al joven a ponerse de pie. Tendría que desechar la táctica de no quedar grabado en las cámaras. Era eso o que generase otro pequeño enfrentamiento.

Un par de minutos después, por la portería del edificio, apareció un hombre rechoncho, seguido por una mujer y otros 3 hombres, algo más jóvenes que la pareja.

Para mi tranquilidad, ninguno encajaba con el estereotipo de peligroso líder de la mafia o típico criminal. El hombre tenía una calva incipiente que apenas se le comenzaba a extender, una cara regordeta pero amable y estaba en un pijama de color celeste cubierto por una bata negra de seda. La mujer estaba aún vestida con una blusa color jade, unos jeans azul marino y unos tenis negros. Los demás hombres iban de camiseta, jeans y zapatillas. No había trajes negros, armas a la vista, miradas desconfiadas ni gafas para cubrir la identidad de nadie.

-¡LORENZO! Hijo mío ¿Qué te ha pasado? –Grito horrorizada la mujer en cuanto vio que su hijo se sostenía una de sus piernas y cojeaba del hombro de un desconocido.

El hombre se dio vuelta y susurro algunas instrucciones, o eso parecía, ya que uno de los hombres se apresuró y tomo mi lugar siendo la muleta humana del chico.

-¿Qué ha pasado? ¿Quién lo ha herido? –Pregunto con voz ronca el hombre del pijama mientras me miraba con el ceño fruncido.

-En el centro urbano, estallo un tropel y le han disparado. Lo saqué de ahí antes que algo ocurriese –Le explique rápidamente al hombre, procurando que no me culpase del incidente.

-¡Fueron esos putos militares, papá! Este hombre me arrastró fuera de eso –bramó Lorenzo mientras lo llevaban adentro del edificio con su madre a un lado.

-Rubén, llama por favor al doctor Rubio y dile que traiga lo necesario para curarlo –Le dijo el hombre del pijama a uno de sus acompañantes, ignorando mi explicación. –Berto, ayuda al doctor. Ve y consigue los implementos médicos de la bodega.

Los hombres me miraron con vacilación antes de responder.

-Sí, papá.

Y después de decir esto, cada uno se fue por su camino a cumplir sus órdenes.

-Muchas gracias por salvar a mi hijo. Esos cobardes bastardos solo les disparan de esa manera a los pobres desarmados. Si tuviesen una batalla real con gente armada quedarían lisiados de muchas maneras.

Asentí sin decir nada. Esperaba ahora poder irme lo más pronto posible.

Sin embargo, el hombre tenía otros planes.

-¿Ese auto es suyo? –Pregunto a continuación, detallando que el cristal del conductor estaba roto.

-No, tuve que robarlo para escapar de allá. Tuve que quitárselo a un hombre que pasaba por ahí.

El hombre me devolvió la mirada con recelo. Un simple ladrón no ayudaría a nadie en caso de un tropel. Lo normal hubiera sido que hubiese robado a su hijo y dejarlo para que la muchedumbre o lo militares se encargasen de él.

-Entiendo –Dijo después de una pausa. –No juzgo a nadie. Yo, como cualquier otro ciudadano tengo mis faltas. Se debe sobrevivir en esta ciudad. Y cuidar de los nuestros también.

El hombre metió su mano en uno de los bolsillos de su bata y saco una tarjeta.

-Quiero agradecerle por ese gesto de la mejor manera. Le pido por favor que deje ese auto aquí. Nosotros nos encargaremos de él. Si es posible, espere por favor en la recepción mientras nos ocupamos de Lorenzo y después, lo llevaremos a casa rápidamente.

El hombre extendió su mano y me pasó una tarjeta negra que a simple vista no tenía nada. Pero cuando la observé de cerca, vi que donde la había tocado aparecían unas letras y algunos números. Era una tarjeta térmica, para ocultar información de ojos curiosos.

Asentí cortésmente por el ofrecimiento y seguí al hombre mientras el entraba en el edificio.

El vestíbulo estaba adornado con muebles de caoba, suelos de mármol verde y negro. Arañas doradas con miles de cristales que colgaban sobre 3 metros en el techo y al fondo, dos ascensores plateados.

El hombre desapareció en uno de ellos. El vigilante me miró nerviosamente y se retiró a la portería.

Aproveche para sentarme en una de las sillas del lugar y relajarme. Tendría que fingir un poco más, pero parecía que los peligros de la noche habían pasado.

Comencé a sentir un leve dolor de cabeza, a lo cual opté por taparme el rostro con una de las manos, usando la tarjeta para bloquear la brillante luz de las arañas. El contenido de esta no me intrigaba, era bastante probable que la tirase de camino a casa. Intenté reunir un poco de calma y esperar para por fin salir de esa situación. Tal vez no todos eran completamente malos en la ciudad.

A lo lejos alcance a escuchar el murmullo del vigilante, que se comunicaba nerviosamente por el teléfono de la portería.

-El señor Bracken ha solicitado un favor. Sí, es una nueva persona –Se hizo un silencio y continuó. –Supongo que sí, trajo a su hijo de un tropel que hubo en el centro. Creo que quiere favorecerlo. Estoy esperando la confirmación –Otro silencio y después dijo. –Lo sabremos después, han pedido un carro para llevárselo de aquí. Tal vez él mismo quiere encargarse de este sujeto.

Las últimas palabras me pusieron alerta. Me senté rápidamente erguido en la silla y miré a mí alrededor. Seguía completamente solo y al mismo tiempo me sentía rodeado. Algo no estaba bien.

Muchas cosas pasaron al mismo tiempo en ese momento. Uno de los ascensores se abrió lentamente y de él salió el hombre rechoncho, seguido por Berto y otro de sus hijos. Se había cambiado y ahora llevaba un conjunto negro, tal como lo que tenía puesto Lorenzo.

El vigilante se paró frente a la puerta principal, dispuesto a abrirla o bloquearme el paso en caso de que quisiera escapar. No sabría decirlo ya que todos tenían una expresión extrañamente neutra para ser personas tan amables.

Necesitaba pensar, trazar un plan. Debía escapar de ahí. Así que baje la vista y miré mis manos.

Y pude leer la tarjeta que había revelado su información por el calor de mi cuerpo.

“Cuidamos de los nuestros. Cuidamos de usted”

Debajo de esa leyenda estaba un número de teléfono de 9 dígitos y en el reverso también había algo escrito.

“El Vigilante de Ciudad Adscendo”

Un frio súbito bajó por mi espalda cuando alcé la mirada y me encontré con los ojos del señor Bracken, que solo dijo, con una amplia sonrisa.

-¿Está listo para partir?

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